viernes, 21 de marzo de 2008



Me cuesta creerlo: soy una estudiante universitaria.
Y peor me siento cuando me doy cuenta que mis sentimientos frente a este gran cambio son figurita repetida, ¿cuántos somos los que nos sentimos así? ¿cuántos hay que se sientieron así? y ¿cuántos vendrán que inexorablemente se van a sentir así?
Creo que son pocos, o casi nadie, los que pueden afrontar el cambio sin preguntarse dónde se fue el tiempo que paso o a caso, cómo fue que paso tan rápido. Porque estar empezando la facultad es un hecho muy normal, (por suerte hoy en día somos muchos los afortunados, aunque sigue habiendo una gran cantidad de chicos que ni siquiera terminaron la primaria, ya estamos acostumbrados a escucharlo por el ambiente socioeconómico que nos rodea y nos entrega la ventaja de poder estudiar) pero creo que hacerlo nos remite a miles de preguntas todas relacionadas con la magnitud del tiempo. Es que hace unos años mis padres se asombraban a verme empezar la secundaria, pero que yo sea la que no puede creer mi realidad, me asusta mucho más.
En cambio no sé si le tengo tanto miedo a la facultad en sí, más bien es la incertidumbre de meterme en un ambiente totalmente desconcido, pero que en fín, anehelé durante mucho tiempo. Me siento más libre, más grande y eso es bueno, entonces ¿porqué las repentinas ganas de querer meterme en la cama y no salir más?
No es por la facultad o por tener que estudiar: es porque veo mi vida escurrirse en el tiempo que pasó.
Sé muy bien que amo mi carrera, o sé que la voy a amar, es lo que siempre me gustó y quize hacer, entonces el viernes 28 de marzo me siento en algún banco de la sede Drago en la capital federal, en Buenos Aires, en Argentina y empiezo este largo camino por ser quien yo quiero ser: formarmándome, viviviendo, conociendo, para SER.

Suerte, María Agustina.
Te la deseo más que nadie, yo, tu ingenuidad personalizada en este texto.

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